De: TIM GUSTAFSON.

Casi todos evitaban a George Chase. Vivía en una pequeña cabaña en el bosque, donde el río Pawcatuck, de Nueva Inglaterra, desemboca en la bahía Little Narragansett. Por el olor, los lugareños se daban cuenta de que George no tenía una bañera.

Un día, un huracán hizo que el mar arrasara la playa y sus atractivas casas. Los sobrevivientes empezaron a buscar refugio lejos de la bahía. Once de ellos, empapados y temblando, se refugiaron en la cabaña de George. Él les dio todo lo que tenía: agua, leche, té y abrigo. Después de aquel huracán, los habitantes del pueblo tuvieron una opinión muy diferente sobre Chase.

Es lamentable cuando juzgamos superficialmente a otros, pero forma parte de nuestra naturaleza. Hacemos lo mismo con Jesús. Tal vez lo imaginamos como en las antiguas pinturas: sereno y hermoso. Pero Isaías dijo del Mesías: «no hay parecer en él, ni hermosura […] para que le deseemos. […] escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Isaías 53:2-3). Aun así, este hombre nos dio todo lo que tenía: «llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores» (v. 4). Ofreció su vida por la nuestra.

Es trágico no reconocer la humanidad de nuestros semejantes, ¡pero es aún más trágico no reconocer la divinidad de Aquel que fue despreciado!

REFLEXIÓN:

¿Cómo podrías pasar por alto las apariencias externas para ver la humanidad de otros? Cuando piensas en Jesús, ¿Cómo lo imaginas?

#YoDigoYoPregunto

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