El cadáver del Leviatán.
Por: BENJAMÍN BOJÓRQUEZ OLEA.
Hay palabras que se desgastan por el abuso, y hay palabras que se vacían por la hipocresía. La Soberanía pertenece peligrosamente a ambas categorías. En teoría, es la capacidad suprema de mandar sin pedir permiso. En la práctica mexicana, ha sido un concepto ornamental, útil para discursos patrióticos y ceremonias oficiales, pero irrelevante para miles de comunidades donde la ley no emana del Estado, sino del fusil.
Cuando decimos que el Estado mexicano perdió soberanía, no hablamos de una metáfora poética. Hablamos de territorios donde el gobierno fue sustituido por mafias que cobraban impuestos (extorsión), impartían justicia (ejecuciones), regulaban mercados (huachicol, drogas, trata) y administraban el miedo como política pública. Un Estado paralelo, brutalmente eficiente, y perversamente racional.
En ese contexto, la caída de un capo no es un episodio policial, sino un acontecimiento filosófico: la disputa por quién tiene el derecho último de mandar y castigar. Nemesio Oseguera fue, durante años, una suerte de Pedro Páramo del siglo XXI: omnipresente, fantasmal, omnipotente. Un cacique sin tierra, pero con territorio. Un soberano sin corona, pero con ejército.
Celebrar su caída es legítimo. Pero engañarnos sobre su significado es peligroso.
Max Weber definía al Estado como quien posee el monopolio legítimo de la violencia. México lo perdió en regiones enteras. El abatimiento de un líder criminal es apenas un acto simbólico en una guerra mucho más profunda: la reconstrucción de la autoridad pública. Sin instituciones sólidas, la violencia vuelve a privatizarse. Sin justicia, la violencia se hereda.
Aquí entra nuestra autocrítica más incómoda: durante décadas creímos que el problema era la pobreza, como si la miseria produjera automáticamente criminales. Es una explicación moralmente cómoda y políticamente útil, pero empíricamente falsa. La pobreza no crea cárteles; la impunidad sí. El crimen organizado no florece en la miseria, sino en la ausencia de castigo.
México normalizó lo anormal: políticos corruptos, jueces cómplices, policías coludidos. El escándalo se volvió paisaje. Y cuando el crimen no se castiga, deja de ser crimen y se convierte en estructura.
La pregunta no es si recuperamos soberanía al eliminar a un capo. La pregunta es si estamos dispuestos a recuperar soberanía sobre nosotros mismos: sobre nuestras instituciones, nuestras élites políticas, nuestras tolerancias morales. Porque un Estado no cae cuando pierde territorio; cae cuando pierde vergüenza.
GOTITAS DE AGUA:
La verdadera soberanía no se celebra con balas, sino con tribunales que funcionan, policías que no traicionan y ciudadanos que no se resignan. Todo lo demás es teatro. Y en México, ya tuvimos demasiados actores y muy poco Estado.
“Si cierran la puerta, apaguen la luz”
“Nos vemos mañana”
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