De: KIRSTEN HOLMBERG.

En 1848, el ingeniero Charles Ellet Jr. pensaba cómo construir el primer puente sobre la Garganta del Niágara. Inspirado por un sueño, organizó un concurso de vuelo de cometas. Un adolescente estadounidense, Homan Walsh, ganó cinco dólares cuando su cometa aterrizó en el lado canadiense del río. Ataron la cuerda a un árbol y esta se usó para tirar de un cordón liviano de regreso al lado opuesto, seguido de cuerdas progresivamente más pesadas, hasta que se consiguió un cable de alambre resistente. Así comenzó la construcción del puente colgante.

Esos pequeños comienzos reflejan lo que enfrentaron los que trabajaban en la reconstrucción del templo de Dios cuando regresaron del cautiverio. Un ángel despertó al profeta Zacarías diciéndole que nada impediría la obra de Dios: todo se cumpliría «con [su] Espíritu» (Zacarías 4:6). Algunos que habían visto la gloria del primer templo temían que la nueva versión fuera inferior (Esdras 3:12), pero el ángel animó a Zacarías: «¿Pues quién ha menospreciado el día de las pequeñeces? Estos […] se alegrarán […]; estos son los ojos del Señor» (v. 10 lbla).

Aunque las tareas que Dios nos encomienda parezcan insignificantes, encontremos ánimo en saber que Él usa cosas pequeñas —como cometas— para realizar sus grandes obras.

REFLEXIÓN:

¿Cómo te alienta saber que las obras de Dios comienzan como pequeñeces? ¿Cómo podrías confiar en su fidelidad?

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