De: MÓNICA LA ROSE.
En sus Confesiones, Agustín luchó con la idea de cómo era posible que Dios se relacionara con él. ¿Cómo podía el que creó el universo entrar en algo tan pequeño y pecador como su corazón? Pero le rogó a Dios que lo hiciera posible: «La casa de mi alma es estrecha. Ensánchala para que puedas entrar. ¡Está en ruinas! ¡Repárala! Contiene cosas que ofenderían tus ojos. Lo confieso y lo sé. Pero ¿quién la limpiará, o a quién clamaré sino a ti?».
Hoy conocemos a Agustín como San Agustín, un venerado filósofo y teólogo. Pero él simplemente se veía a sí mismo como alguien transformado por su asombro respecto a un Dios que quería conocerlo.
En el Salmo 119, el salmista también se asombra de la revelación de Dios, especialmente a través de las Escrituras (v. 18). «Tú ensancharás mi corazón» (v. 32 LBLA), celebra. Es solo porque Dios, en su gracia, está dispuesto a ampliar nuestros corazones que podemos caminar con alegría en el sendero que Él nos muestra (v. 45). El Señor nos aparta de lo corrupto (vv. 36-37) y nos guía «por la senda de [sus] mandamientos», donde encontramos su «voluntad» (v. 35).
Somos pequeños, y nuestros corazones son volubles, pero cuando los dirigimos hacia Dios (vv. 34, 36), Él nos guía por senderos de gozo y verdadera libertad.





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