El retrato de Alfredo del Mazo.
Por: BENJAMÍN BOJÓRQUEZ OLEA.
Quien verdaderamente debe estar desconsolado no es el PRI, ni siquiera el viejo aparato mexiquense que hoy deambula como ruina arqueológica del poder, sino Alfredo del Mazo Maza. El último gobernador priista del Estado de México no sólo pasará a la historia por haber perdido la joya de la corona, sino por haberla entregado —con una mezcla de ineptitud, complacencia y presunta corrupción— a Morena, en lo que muchos ya califican como el sexenio más turbio que ha conocido la entidad.
Del Mazo no fue derrotado: fue superado por su propia mediocridad política. Gobernó sin carácter, administró sin pulcritud y se despidió sin dignidad. Y, aun así, soñó. Soñó con el exilio dorado que la diplomacia mexicana suele conceder como anestesia moral a los fracasos útiles. Soñó con Londres, con té a las cinco, con el título implícito de “Lord”, como si el protocolo británico pudiera borrar los expedientes, las sospechas y la memoria.
Pero la realidad —siempre más cínica que los acuerdos en lo oscurito— le pasó factura. Pesó más el exfiscal Alejandro Gertz Manero que el exgobernador mexiquense. En la balanza del poder, Del Mazo ya no cotiza. Su capital político se devaluó al ritmo de su gobierno: rápido y sin respaldo.
Hoy, dicen, solo le queda la esperanza del Vaticano. Una salida casi poética: cuando la política ya no alcanza para absolver, se busca refugio en lo sagrado. Aunque incluso ahí hay un problema de fondo. Porque si algo persigue al ex-mandatario es la sospecha de haber olvidado uno de los mandamientos más elementales, no solo del catecismo, sino de cualquier república mínimamente funcional: “no robarás”. Y no se trata únicamente del robo material, sino del robo institucional, del saqueo silencioso de la confianza pública, del vaciamiento ético del cargo.
Alfredo del Mazo encarna una patología recurrente del poder en México: la creencia de que gobernar mal no tiene consecuencias reales, de que traicionar políticamente es una virtud negociable y de que el servicio exterior es el asilo natural de los irresponsables con pedigrí. Pero los tiempos han cambiado. O al menos, los costos.
Su desconcierto no es personal; es simbólico. Representa el colapso de una élite que confundió herencia con legitimidad, apellido con liderazgo y silencio con impunidad. Si el Estado de México cayó, no fue por una conspiración, sino por la anemia moral de quienes lo administraron como botín y no como responsabilidad histórica.
GOTITAS DE AGUA:
Tal vez no llegue a Londres. Tal vez tampoco a Roma. Pero Del Mazo ya tiene un lugar asegurado: el archivo político de los gobernantes que creyeron que el poder era eterno y descubrieron, demasiado tarde, que la memoria también castiga.
Alfredo del Mazo no perdió el poder… lo cambió por silencio, impunidad y un sueño diplomático que nunca llegó. Si cierran la puerta, apaguen la luz.
Nos vemos mañana…
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