La oposición que necesita muertos.
Por: BENJAMÍN BOJÓRQUEZ OLEA.
Hay algo obscenamente indecente —y políticamente revelador— en la manera en que la oposición mexicana se relaciona con la tragedia: no la comprende, no la asimila, no la honra. La devora. Para ellos, el dolor no es un límite moral, es una materia prima. Un insumo narrativo. El tren se descarrila y celebran. Hay muertos y sonríen. México tropieza y brindan, como quien necesita del fracaso colectivo para ocultar su propia bancarrota ética. Sin desastre, no tienen proyecto.
No hay duelo ni responsabilidad; hay cálculo frío. No hay empatía; hay estrategia de ocasión. No hay proyecto de nación; hay una dependencia patológica del desastre. Una oposición sin coherencia histórica, sin memoria política y sin escrúpulo moral, incapaz de preguntarse qué le conviene al país y obsesionada únicamente con cuánto puede capitalizar del sufrimiento ajeno.
El descarrilamiento del tren interoceánico —con cuerpos reales, con familias destruidas— no fue asumido como tragedia nacional, sino como victoria simbólica. Un accidente convertido en trofeo. Un error técnico elevado a consigna electoral. Ahí se manifiesta el síntoma más alarmante de la degradación política contemporánea: cuando el cálculo suplanta a la conciencia, la política deja de ser un ejercicio público y se convierte en necrodiscurso. El cadáver aún no se enfría y ya es utilizado como argumento. Pero esta miseria moral no es únicamente local. La incoherencia doméstica se alinea con una narrativa internacional igual de cínica y violenta. Se celebra, sin contexto ni pensamiento crítico, la captura de Nicolás Maduro como si se tratara de una epifanía democrática, como si la historia no hubiera demostrado —hasta el cansancio— que los imperios no actúan por justicia, sino por conveniencia.
Estados Unidos no invade países para liberar pueblos. Nunca lo ha hecho. Su hegemonía no se construyó con valores universales, sino con guerras selectivas. No exporta democracia: exporta caos administrado. Utiliza el dolor social como legitimación moral, lo convierte en espectáculo mediático y después lanza confeti retórico para celebrar la “libertad” conquistada, mientras se apropia de petróleo, minerales estratégicos, rutas geopolíticas y soberanías enteras. El libreto es viejo, brutalmente eficaz y obscenamente repetido.
Eso no lo dicen los opositores de corbata, esos que fingen indignación moral mientras aplauden la intervención extranjera. Callan —o deciden ignorar— que China y Rusia no intervinieron en Venezuela no por ética internacional, sino por cálculo de poder. Rusia por Ucrania. China por Taiwán. Estados Unidos por el petróleo venezolano. Reparto de zonas de influencia. Dominio regional. Administración de conflictos. Así opera el poder global cuando se despoja de toda hipocresía: como un cártel internacional. Se respetan territorios, se negocian silencios, se dosifica la violencia y se decide quién gobierna y quién cae. No es una metáfora excesiva; es la lógica real del mundo cuando la ética estorba.
Mientras ese ajedrez geopolítico se juega con pueblos enteros como piezas sacrificables, en México ocurre algo que desquicia a la oposición: la ruptura del dogma. Un país que avanza sin pedirles permiso. Un proyecto que se mueve sin ellos. Por eso celebran el tropiezo. Por eso magnifican la tragedia. Porque su identidad política depende de que México fracase. Porque sin desastre no existen.
GOTITAS DE AGUA:
Hoy, cuando la realidad les derrumba el teatro, lo único que les queda es aplaudir el descarrilamiento y festejar la caída del “tirano” venezolano, aunque el vagón lleve gente dentro. Aunque el dolor sea auténtico. Aunque la sangre no tenga ideología. Porque cuando se pierde toda coherencia moral, el sufrimiento humano deja de ser tragedia y se convierte en herramienta. Y tal vez ese sea el signo más perturbador de nuestra época: no la existencia de imperios dispuestos a dominar el mundo mediante la guerra, sino la presencia de oposiciones dispuestas a celebrarlo, siempre que el desastre les permita volver a respirar políticamente. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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