Por: BENJAMÍN BOJÓRQUEZ OLEA.
Dejé de hablar de política solo por hoy…
No mires la escalera entera, solo observa el primer escalón. Ese es el principio de todo: el recordatorio de que la vida se vive en fragmentos, en pensamientos que se deshilvanan uno a uno, en días que se conquistan sin pretender abarcar el infinito. Parece una enseñanza simple, pero debajo de ella se esconde una de las verdades más duras que nos atraviesan como humanidad: la fragilidad de la lealtad.
Tardamos años en descubrirlo, y cuando lo hacemos, duele como un hueso roto: la mayoría de las personas no son leales a nosotros, sino a lo que representamos para ellas. Se aferran mientras somos útiles, mientras somos escalón para su ascenso, sombra para su descanso o refugio para sus miedos. Pero cuando el beneficio desaparece, se van. Y lo hacen sin mirar atrás. Ahí es cuando comprendemos que la fidelidad absoluta, la que soñamos como eterna, no es norma sino excepción.
Pensé que hoy tampoco escribiría, pero el cúmulo de mis emociones invadieron las ganas de vivir, de volver a sentir. En este tiempo de hipocresías tan veloces como la información misma, la conciencia se vende y se subasta sin pudor. Muchos ponen precio a su esencia y se disfrazan de bondad, cuando en realidad lo único que buscan es consumir lo que queda de ti. El disfraz del interés es tan perfecto, que confunde hasta al corazón más intuitivo.
Y sin embargo, la vida —esa maestra inflexible— nos obliga a tropezar para reconocer la diferencia entre los que permanecen por convicción y los que solo permanecen por conveniencia. No es un filtro digital lo que suaviza la realidad, sino un amortiguador que nos enseña a resistir los golpes de la traición y el abandono. Porque en esa tensión brutal se revela lo más humano: la pérdida y la gratitud.
Dios, en su silencio infinito, también nos muestra con precisión quirúrgica quién está por amor y quién por interés. Quien se queda en medio de tu crisis, sin pedir nada a cambio, es quien merece ocupar el santuario de tu confianza. Y quien se marcha cuando ya no eres útil, merece un agradecimiento silencioso: gracias por mostrar tu verdadero rostro a tiempo.
No es fácil. Cada traición deja cicatrices, cada abandono nos arranca un pedazo de ingenuidad. Pero también nos regala un mapa: el de aquellos que, con un simple “buenos días” y un “cómo te sientes”, son capaces de sostenernos cuando todo parece derrumbarse. La lealtad verdadera no grita, no exige, no presume. Solo se queda. Y en un mundo donde tanto se vende, quedarse es el acto más sagrado.
Por eso, valora a quienes permanecen a tu lado en las sombras, en los días en que nadie más te aplaude. Ellos son los verdaderos guardianes de tu historia. Lo demás, aunque duela, no es pérdida: es revelación.
UNA GOTA DE LEALTAD:
Al final, lidiar con la lealtad y el abandono es aceptar la condición humana en su estado más crudo. Un recordatorio de que ni los zapatos más incómodos ni los más perfectos pueden definirse sin caminar con ellos. Y entonces entendemos: la vida no se trata de coleccionar compañías, sino de reconocer a quienes nunca se fueron. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana, si la salud y Dios lo permite”…
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