El populismo como ‘Juego del Calamar’.
Por: ALEXANDER NAIME.
En tiempos de incertidumbre política y desigualdad económica las democracias contemporáneas son cada vez más débiles y enfrentan desafíos cada vez más complejos. Uno de los más evidentes y peligrosos es el ascenso de los populismos que, con discursos emocionales y soluciones, muchas veces simplistas, cautivan a las mayorías. Recurrir a metáforas para comprenderlo mejor es siempre más útil y la serie surcoreana El Juego del Calamar (Netflix, 2025), que se volvió un fenómeno global no solo por su crudeza visual, sino por su retrato brutal de la condición humana frente a la desesperación, el poder y el aparente consentimiento colectivo. Unas imágenes más crudas incluso que los Juegos del Hambre.
En la serie, cientos de personas desesperadas son invitadas a participar en una serie de juegos infantiles con consecuencias letales. Lo más inquietante es que la participación es, en teoría, voluntaria. A mitad del juego, tras descubrir la naturaleza de los desafíos, los jugadores pueden votar si desean continuar o retirarse. El resultado del voto es la vuelta a sus vidas normales o decidir volver al juego mortal y aquí es cuando se revela la metáfora: una votación democrática, aparentemente libre, puede conducir al caos y la autodestrucción de toda una comunidad.
Así, la serie plantea una pregunta incómoda: ¿puede una decisión democrática ser, al mismo tiempo, autodestructiva? Y si es así, ¿no estamos acaso frente a una debilidad inherente del sistema democrático?
En las democracias modernas, el voto es la máxima expresión de la voluntad popular. Sin embargo, como lo ilustra El Juego del Calamar, esa voluntad puede estar distorsionada por contextos extremos: miedo, necesidad, manipulación mediática o simple desesperanza. Los populismos conocen este terreno fértil y lo cultivan con habilidad. Prometen salvación rápida, justicia inmediata, enemigos claros y culpables evidentes: las élites, los extranjeros, los tecnócratas, los corruptos. En realidad, su método es una forma de “juego”, donde las reglas se presentan como democráticas pero están diseñadas para llevar a los votantes hacia una única dirección: la concentración del poder en una figura que se asume mesiánica y dueña de destinos.
El populismo se vale de mecanismos democráticos —elecciones, plebiscitos, encuestas— para legitimar decisiones autoritarias, porque en muchos países, el acceso al poder por la vía democrática se ha convertido en una puerta de entrada para el debilitamiento de las instituciones, la prensa, los jueces y los contrapesos. Una vez dentro del “juego”, las opciones se reducen drásticamente, como en la serie: obedecer, traicionar o ser eliminado. La participación colectiva deja de ser emancipadora y se convierte en el vehículo de la opresión.
En El Juego del Calamar, los participantes no son forzados físicamente a continuar; regresan porque su mundo exterior es tan cruel y hostil como el juego mismo. Esta paradoja se replica en sociedades donde la democracia es formal pero vacía de contenido real: donde los ciudadanos votan sin acceso a educación crítica, información veraz o alternativas políticas viables. Cuando la desigualdad y la exclusión se vuelven la norma, el populismo aparece como la única salida, aunque esta implique romper las reglas del juego democrático e incluso de convivencia.
Así, el voto puede no ser necesariamente una elección libre porque cuando la democracia no garantiza justicia social ni seguridad económica, los ciudadanos pueden votar por su propio verdugo. Y eso está sucediendo con mayor frecuencia en estos tiempos.
Por eso es importante tener claro que la democracia no son los procesos electorales. No solo es elegir y votar. Es mucho más que eso: es participación crítica de la sociedad e instituciones fuertes que regulen el poder de quienes dominan. Como demuestra El Juego del Calamar, votar no basta si no hay condiciones para preservar la vida.
La lección final es preocupante: una comunidad puede, por mayoría, votar su propia destrucción o al menos su degradación. Si no se comprende eso, el populismo seguirá ganando juegos que no se deberían jugar.
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