Por: ALEXANDER NAIME.

En un pequeño caserío enclavado entre las planicies polvorientas de una región rural de Guanajuato vivía un niño llamado Jacinto. Su hogar, una choza de adobe con un techo de palma y lámina que apenas resistía las lluvias, era tan humilde como su familia, compuesta por sus padres y su hermana menor, Rosario.

El aire de diciembre traía consigo un frío que se filtraba entre las grietas de las paredes y como podían se calentaban. Habían aprendido a no prender leña dentro porque, hacía algunos años, una familia se intoxicó por tratar de calentar así. Pero se puede decir que la pasaban de la manera más confortable. Su padre antes de los fríos compraba unas cobijas que, por decir lo menos, a Rosario le encantaban por ligeritas y calientitas y pasaba sus manitas con ternura por la textura de las mismas. “Mira mamá que suavecitas”, decía con una sonrisa. En el pueblo, la Navidad era una fecha esperada, y aunque las familias pobres no podían permitirse grandes festejos, mantenían viva la tradición de cenar algo para celebrar el nacimiento de Jesús, abrazarse y cenar un pollo preparado por su madre, acompañado de tortillas, salsita, atole y un poco de dulces que a la madre le habían dado en la iglesia. Ese día, por la noche y después de cenar, Jacinto y Rosario dejaban fuera de su casa y junto a la puerta un zapato y mantenían la ilusión de recibir, por alguna suerte de milagro, un regalo un pequeño obsequio que apareciera durante la noche.

Julián tenía 9 años, pero a su corta edad, su mirada ya reflejaba una sabiduría precoz, fruto de la adversidad. Cada día ayudaba a su padre en el campo, desenterrando la tierra seca en busca de un maíz que se resistía a crecer. Aun así, Julián no perdía la capacidad de soñar. Desde principios de diciembre, la idea de que por la navidad pudieran dejarle un regalo le llenaba de ilusión. No pedía juguetes ni dulces costosos; su mayor anhelo era recibir algo sencillo: una fruta, una pieza de pan o tal vez un caramelo.

La noche del 24 de diciembre, Julián colocaba con cuidado uno de sus desgastados zapatos, eso si bien limpios, junto a la puerta de la casa. Rosario hacia lo mismo, El de él era un zapato de cuero remendado tantas veces que ya había perdido su forma original, pero para Julián era su tesoro más preciado. Antes de acostarse, miró hacia la puerta con una mezcla de esperanza y temor, y se durmió abrazando la idea de despertar con una pequeña sorpresa.

Sin embargo, al amanecer, la realidad rompió su sueño. Al salir de la casa, Julián encontró el zapato volcado en el patio, vacío y cubierto de polvo. Cerca de él, las huellas de un perro callejero delataban al culpable. Con el corazón apretado, Julián guardó silencio y recogió el zapato, tratando de no llorar frente a su hermana menor.

—Tal vez el próximo año —murmuró para sí mismo, mientras acariciaba la cabeza de Rosario, que también esperaba un milagro.

Y así pasó otro año, y otro más. (CONTINUARÁ)

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